martes 18 de marzo de 2008

Siempre me ha gustado


Entre el cielo y el suelo hay algo

con tendencia a quedarse calvo

de tanto recordar

y ese algo que soy yo mismo

es un cuadro de bifrontismo

que solo da una faz

la cara vista es un anuncio de signal

la cara oculta es la resulta

de mi idea genial de echarte

me cuesta tanto olvidarte

me cuesta tanto olvidarte

me cuesta tanto

olvidar quince mil encantos

es mucha insensatez

y no se si sere sensato

lo que se es que me cuesta un rato

hacer las cosas sin querer

y aunque fui yo quien decidio

que ya no mas

y no me canse de jurarte

que no habra segunda parte

me cuesta tanto olvidarte

me cuesta tanto olvidarte

me cuesta tanto...

miércoles 12 de marzo de 2008

¿Pensada desde el principio para acabar asi?

Hace no mucho leí este poema y al acabarlo me surgió una duda: ¿Desde el principio pensaste en este final? Sea cual sea la respuesta, diré ke me encanta.

"Del maltrato y la enmienda" de José Manuel Díez.
“ha brotado como un vívido amor.
Pide un rostro y una carne.”
CESARE PAVESE







Era una mala época.
(eso escuché decir a mis amigos).
Llegaba a casa y ella estaba allí, esperándome:
arrinconada, frágil, silenciosa,
brillante en la penumbra desdichada
de nuestra habitación, ayer sonora.
Acechaba mi vuelta.

La vuelta plasmaba su acometida en cambio,
su ofensiva rabiosa.
Me iba contra ella, sometido
al cáncer del amor. La aporreaba
hasta quedar desnudo de rutina,
en vil fraternidad conmigo mismo.

Sin lugar al remedio,
ni a la conciencia justa en afrontarlo,
aquel maltrato era mi atajo de evasivas.
Un día y otro y otro
libraba todo el trance de mi dolor en ella.
De su clamor vivía mi esperanza,
la sal de mi silencio.
Toda la paz de un día de alcohol quedaba ahora
en sus pulsos cumplida,
la tan basta agonía de mi aliento.
Cobarde
tal rendición del hombre en la figura
de una dama indefensa.

Un día, incluso estuve a punto de arrojarla
por la ventana. Fue
la cota de delirio mayor que he sostenido.
No era yo, estaba fuera de registro. La rabia
y el malsano deseo de un fuego insospechado,
me poseían. Pero
me lo pensé y no lo hice.
Me limité a empujarla contra el suelo.
Y, allí, perdido el seso,
pataleé su espanto, su indulgencia conmigo.
La vi rodar, patada tras patada, hasta quedar rendida.
¡Pobre mía!
En aquel mismo sitio, inmóvil, solitaria
pasó tirada no se cuantos días
y cuantas noches.
Hasta que una tarde
de tierna inspiración, arrepentido,
me decidí a cambiar.
Era posible.

La prendí entre mis brazos, la besé. Estaba fría.
Tantos golpes de ira como le había dado
y allí continuaba, ciegamente,
en la proximidad de mi extravío.

Era ella, la única.
La única clemencia de mi vida.
La luna de mi alcoba.
La que me cantó cuando
parecía la vida sumirse en el mutismo.
La única capaz de dar forma a mis sueños.
La única, entre todas,
conocedora trágica y honesta
de mis negras palabras:
y las más hermosas y las más terribles.
Era ella… fortuna, dicha, luz de mis manos,
posesión abundante de cuanto no merezco,
quizás. Gran compañera.

Mi pequeña Olivetti.
Maquina de escribir, tesoro y alegría.
Muchacha de metal, siempre te he amado.