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DESDE EL SILENCIO"A todas aquellas mujeres que, como diría un amigo:
“fueron unas luchadoras natas, incansables buscadoras de la felicidad, a veces
tan esquiva, y, al final la encontraron”.
(Txus di Fellatio – El principe de la dulce pena y bateria de Mägo de Oz)
Alguien dijo: “Una sonrisa cuesta poco, pero, vale mucho”. Ahora bien, ¿Cómo querías que sonriera, si borraste su sonrisa a base de insultos y golpes? Ella no era una persona feliz, tenía que hacerlo todo cuando y como tú querías, y si algo no salía como querías, nos reñías. Si no queríamos o no podíamos acompañarte a cualquier lugar, le dabas una patada en la barriga, la pellizcabas o la golpeabas en señal de…
“agradecimiento”, al mismo tiempo que le decías que era una estúpida y una inútil, y yo, recibía un cachete.
Julia, como oía que la llamabas, era una mujer muy natural, a la que en contadas ocasiones había visto maquillarse, pero hace poco lo hizo. Estábamos solos y ella pensaba que yo estaba dormido, pero no era así. Se puso frente a su espejo y cogió una cajita plateada de la que sacó una esponja marrón que empezó a restregar por su cara de un modo muy violento, como si no le importara hacerse más daño, y cuando giró la cara para darse maquillaje en la otra mejilla, lo vi, tenía el pómulo hinchado, enrojecido, deformado.
Lloró. Lloró como nunca antes la había escuchado llorar, pero intentando frenar sus lágrimas repetía una y otra vez: “Tarde o temprano pasaría, Manu” y entre sollozos confesaba “No es la primera vez que me pone la mano encima, ni es la primera vez que me siento así. Tengo que poner fin a esto, a los insultos y a los golpes, porque sino ¿Quién sabe como acabará esto?, poner fin no por mi, sino por nosotros.”
Cogió el teléfono y mientras me acariciaba marcó el 016, justo cuando respondieron, entraste en la habitación y Julia colgó tan rápido como pudo buscando una excusa que resultara convincente para no enfurecerte. “Se han equivocado” - dijo intentando creer sus propias palabras y al parecer, también las creíste.
Pasados unos días, en su bandeja de correo electrónico, encontró un mail que le dio que pensar y tras leerlo, mientras miraba fijamente la pantalla del ordenador agarró el teléfono y volvió a marcar el 016. Otra vez, llegaste para impedir que Julia fuera feliz.
-“¿Quién era?”- dijiste entrando en la sala.
-“Se han vuelto a equivocar”- contestó rezando para que volvieras a creerla.
-“Llevo un rato en casa y no he escuchado el teléfono”- dijiste acercándote más a ella.
Pude sentir como su cara cambiaba, su gesto aparentemente fuerte y confiado ante el miedo, se cambió por un gesto débil y aterrado. También sentí como el miedo iba invadiéndonos desde los pies hasta la cabeza, sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo, salvo llorar y rogar que te tranquilizaras.
Tu rostro estaba desencajado, tus ojos desprendían miradas de cólera e ira a partes iguales. Tus brazos se movían sin sentido cuando llegó lo peor. Cabeza, pecho y yo fuimos las principales víctimas de tus golpes. En cuestión de minutos la sangre comenzó a brotar del cuerpo de Julia y yo me sentía muy débil, pero tú no parabas, te daba igual tener las manos ensangrentadas, “Eres mía. Te quiero, pero, debes aprender la lección”- le repetías.
Cuando decidiste parar, cogiste el teléfono y llamaste a la policía confesando tu atrocidad entre excusas y justificaciones. Al llegar aun pude verlos. Unos hombres vestidos de blanco nos recogieron del suelo a Julia y a mí para llevarnos al hospital, y a ti, te llevaron unos hombres vestidos de verde. Uno de ellos paró frente al ordenador y un “¡Qué cabrón!” susurrado se escapó de su boca tras leer aquel último mail que leyó Julia:
“1. Yo tengo derecho a no ser golpeada jamás.
2. Yo tengo derecho a cambiar la situación
3. Yo tengo derecho a vivir libre del temor a ser golpeada.
4. Yo tengo derecho a ser tratada como una persona adulta
5. Yo tengo derecho a salir de un ambiente de maltrato
6. Yo tengo derecho a mi privacidad.
7. Yo tengo derecho a expresar mis propios pensamientos y sentimientos
8. Yo tengo derecho a desarrollar mis habilidades y talento personal
9. Yo tengo derecho a denunciar a mi esposo / compañero golpeador
10. Yo tengo derecho a no ser perfecta”
Y ¿Qué pasó? Mamá murió antes de llegar al hospital, y ¡tú¡…tú deberás vivir sabiendo que golpeaste a dos personas hasta la muerte.¡Ah! ¿No lo sabías? Me presento. Soy Manuel, Manu como mamá me llamaba, tu hijo que nunca llegará a nacer, pero aun así, soy feliz porque no creceré viendo como esta situación se repetiría una y otra vez.
Aquí ahora todo es silencio, no hay insultos, ni golpes, y desde aquí quiero decirte que la frase “tengo derecho a no ser perfecta” estuvo presente en Julia hasta que su corazón dejó de latir.
No permitamos que muera ninguna mujer más, no lo merecen.